José Domingo Roa conocía bien el bosque. En su vereda, Cerritos, Guaviare, vivió durante muchos años de la tala y el pastoreo, pero en 1997 decidió hacer algo distinto. Con el acompañamiento del Instituto SINCHI, se alejó de esta actividad y apostó por implementar sistemas agroforestales: una alternativa que respeta el ritmo de la selva y ofrece a las comunidades una nueva forma de habitar y cultivar.
En los sistemas agroforestales, el hombre amazónico integra árboles, cultivos y, en algunos casos, animales dentro de un mismo espacio productivo. Esta combinación imita la estructura del bosque, facilita la recuperación de hábitats y mejora la conectividad entre fragmentos boscosos. Además, contribuye a la conservación del suelo, la captura de carbono, la producción de alimentos y la generación de ingresos para las comunidades.
Así como los sistemas agroforestales muestran una forma de cultivar que respeta el entorno, los paisajes naturales revelan otra lección fundamental: la vida no surge al mismo tiempo. Primero llegan las especies de rápido crecimiento, como las centinelas verdes que cubren el suelo, dan sombra y preparan el terreno. Luego, con paciencia, emergen los frutales robustos y los árboles de madera fina, que tardan años en alzarse hacia el cielo. Cada especie tiene su ritmo, como si cada una supiera esperar su turno para entrar en escena.
Don Domingo comprendió esta dinámica. En su parcela crecieron árboles como el abarco, macano y achapo, junto con frutales como el arazá y el borojó, además de cultivos de pancoger como el plátano y la yuca. Durante los primeros años cosechó frutos carnosos, preparó y disfrutó los jugos, y solía bromear diciendo que el borojó era “el fruto del amor”. Mientras tanto, los árboles grandes maderables crecían sin apuro y en silencio.
Cuidó cada especie con dedicación, podando según las indicaciones técnicas, protegiendo raíces y recolectando semillas cada temporada. Doce años después, su parcela era otra: un bosque joven donde los árboles maderables daban semillas, los frutales se ocultaban entre el follaje y el pancoger había migrado a otro rincón del terreno.
Cuando le ofrecieron comprar los árboles, hizo cuentas y rechazó la oferta. Explicó que llevaba más de una década vendiendo semillas y que lo que le ofrecían por cortarlos no superaba lo que sus árboles le generaban año tras año. Además — agregó—, “con lo que crecen, cuando quiera venderlos, van a valer mucho más”. Y concluyó, casi como una promesa: “creo que no los voy a cortar nunca. Son una fuente de ingresos permanente”.
Don Domingo había entendido que un árbol no vale solo por su madera, sino por todo lo que entrega en vida: alimento, sombra, semillas, paisaje y futuro. Como él, muchas otros han apostado por un camino nuevo, respaldado por el acompañamiento técnico del Instituto SINCHI. Hoy, esa apuesta se traduce en una visión de futuro para la región amazónica: una agricultura con bosque, que produce sin destruir.
Con más de tres décadas de experiencia, el Instituto ha desarrollado 17 fichas de sistemas agroforestales adaptados a las diferentes condiciones de la Amazonia. Desde modelos agroforestales en zonas agrícolas, arreglos silvopastoriles en fincas ganaderas, hasta sistemas de enriquecimiento forestal en bosques intervenidos. En todos, la lógica es la misma: sembrar diversidad, mejorar la fertilidad del suelo, detener la deforestación y ofrecer alternativas rentables a las comunidades rurales.
Para respaldar estos procesos, el Instituto ha generado conocimiento científico sobre más de 31 especies forestales, frutales y palmas. Esta información abarca desde técnicas reproductivas hasta prácticas de manejo y tecnologías para su aprovechamiento sostenible. La Estación Experimental El Trueno, en el Guaviare, es el acervo regional donde se ha consolidado los procesos de investigación y el intercambio de saberes entre ciencia y territorio.
Gracias a ese conocimiento compartido y a su experiencia cotidiana, Don Domingo aprendió con la tierra, con las lluvias y con los años. Supo que cada especie tiene su momento, que primero llegan las que cubren el suelo, luego los frutales robustos y al final los árboles de madera fina. Entendió que los sistemas agroforestales en la Amazonia no solo cambian la forma de sembrar, sino también de pensar el desarrollo rural, y que todos son una herramienta que recupera saberes ancestrales, promueve la organización comunitaria y plantea una economía equitativa basada en el cuidado del territorio.
Hoy, casi tres décadas después, son sus hijas quienes siguen cuidando ese bosque que Don Domingo sembró. Bajo las copas altas de los abarcos y macanos, su historia continúa en frutos que caen maduros, en semillas que germinan y en una enseñanza que perdura: en la Amazonia, es posible cultivar sin destruir y cosechar mientras florece la vida.
Escrito por: Jennifer A. Valbuena Barbosa y Bernardo Giraldo Benavides
Edición: María Alejandra Rodríguez Olarte