Pigmentos bacterianos: un arcoíris invisible


¿Qué tienen en común un rey ejecutado en el año 40 d.C. por vestir una capa púrpura, teñida con un pigmento extraído de caracoles marinos del género Murex, y los miles de insectos parásitos del nopal que los aztecas aplastaban para obtener un intenso carmesí? Ambos casos son parte de la historia de los tintes textiles que durante siglos dependieron de recursos escasos, difíciles de obtener y altamente costosos.

Con el tiempo, sin embargo, una alternativa prometedora ha comenzado a abrirse camino: los pigmentos bacterianos. Estos microorganismos ofrecen ventajas notables frente a otros pigmentos naturales derivados de plantas o animales. Su producción no requiere grandes extensiones de tierra ni depende de factores geográficos o estacionales. A diferencia de los tintes sintéticos, no representan riesgos como la toxicidad, mutagenicidad o carcinogenicidad. Además, mediante la modificación genética, es posible hacer que las bacterias produzcan colores específicos y tonalidades completamente nuevas, abriendo el paso a un mundo de posibilidades más versátil, sostenible e innovador para la industria textil.

En este campo, el Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas SINCHI ha adelantado diversos estudios desde 2018, enfocados en el aislamiento, a partir de muestras de agua y suelos de bosque, de microorganismos productores de pigmentos. Como resultado, ha logrado conservar en su colección de microorganismos (COLMIS - RNC 282) un total de 89 bacterias productoras de pigmentos. Entre ellas se encuentran las Streptomyces, Micrococcus, Burkholderia, Chromobacterium, Flavobacterium y Pseudomonas, capaces de generar pigmentos en tonos cafés, amarillos, rosados y morados, las cuales, a su vez, han sido identificadas como violaceína, flavonoides, carotenoides y melaninas.

En 2021, el Instituto SINCHI, en alianza con la empresa Lafayette, también lideró el proyecto BIO-B, con el objeto de evaluar la capacidad de tinción de la melanina bacteriana en el material poliéster. Si bien, este proyecto reconoció el enorme potencial de estos pigmentos como una alternativa para el sector textil, también señaló la necesidad de ampliar la investigación, especialmente para resolver desafíos actuales como la estabilidad del color frente a la luz.

Pero los pigmentos bacterianos no solo abren caminos en la industria textil. La violaceína, por ejemplo —un pigmento morado producido por la bacteria Chromobacterium violaceum—, puede utilizarse como antibiótico o para combatir hongos como Rosellinia necatrix, que afecta cultivos como la mora.

Estos hallazgos, sin duda, revelan el inmenso potencial industrial de los pigmentos bacterianos y subrayan la importancia de seguir apostando por la investigación en este campo. Tal vez, si aquellos antiguos productores de tintes hubieran sabido que la solución estaba en lo diminuto e invisible, la historia habría sido distinta.

Para seguir explorando y maravillarse con el mundo de los pigmentos bacterianos, los invitamos a visitar las exposiciones permanentes de BIOFILIA en las sedes de Leticia y San José del Guaviare.

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Escrito por: María Camila Castrillón Gutiérrez

Edición: María Alejandra Rodríguez Olarte

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