Es imposible no mirar al cielo cuando árboles gigantes se adueñan de la selva amazónica. Troncos, hojas y lianas se entrelazan tejiendo diversas formas en el paisaje y dándole refugio, sombra y alimento a innumerables especies. Bajo esa majestuosidad, sin embargo, se extiende otra red igual de fascinante que opera en la sombra y en la oscuridad del suelo: las micorrizas.
Allí, bajo nuestros pies, hongos y plantas forman una simbiosis que conecta, transporta y nutre a la vegetación. Gracias a esta relación, los suelos amazónicos, que por sí solos carecen de nutrientes, sostienen la vida del lugar más diverso del planeta.
Como sistema vivo y no como un depósito inerte, los suelos dependen del equilibrio entre la materia orgánica disponible y la capacidad de los organismos para transformarla en nutrientes y movilizarlos. Entre estos nutrientes, uno de ellos es decisivo: el fósforo, esencial para la fotosíntesis. Limitado en la mayoría de suelos amazónicos y de difícil acceso para las plantas, este elemento ha impulsado la alianza entre raíces y hongos.
En esta relación de beneficio mutuo, el hongo facilita la absorción de nutrientes y, a cambio, recibe moléculas energéticas producidas por la planta. Esta simbiosis funciona, entonces, como una red de autopistas subterráneas que movilizan nutrientes hacia las raíces. A cambio, las plantas destinan entre el 5% y 20% del carbono fijado en la fotosíntesis, para elaborar compuestos energéticos liberados al suelo, manteniendo así a los hongos formadores de micorrizas en sus raíces.
A través del micelio, esa maraña de hilos finísimos, el hongo entra en contacto con las raíces de la planta, envolviéndolas para formar un manto y avanzar entre las células de su corteza, tal como sucede en la ectomicorriza, o ingresando al interior de las células de la raíz como sucede en la endomicorriza, donde forma estructuras especializadas que permiten un contacto directo entre el hongo y la planta.

Figura 1. Hifas y arbustos de hongos micorrízicos arbusculares (HMA) dentro del tejido de una raíz, observados bajo microscopio óptico a escala. Escala a) 200 μm, b) 100 μm y c) 50 μm. Fotografías: Clara Patricia Peña Venegas
Casi todas las plantas forman algún tipo de micorriza. La más común es la micorriza arbuscular, ampliamente distribuida en la Amazonia, y presente en al menos el 80% de las plantas vasculares. La ectomicorriza, aunque menos frecuente, —entre el 17 al 37%—, cumple un papel importante: son capaces de degradar directamente la materia orgánica para llevar nutrientes a la planta.
Uno de los beneficios más sorprendentes de la micorriza arbuscular es su alcance. Mientras un pelo radical puede explorar apenas unos 2 mm, el micelio puede abarcar hasta unos 80 mm a la redonda, lo que equivale a multiplicar por cuarenta la longitud efectiva de los brazos de la raíz. Gracias a ello, las plantas acceden a más nutrientes, resisten mejor la sequía y la toxicidad de minerales como el aluminio y el magnesio, además de reforzar sus paredes celulares frente a la entrada de patógenos.
Pero los beneficios no terminan allí. Las micorrizas arbusculares también ayudan a prevenir la erosión y a mantener la estructura del suelo, mediante la producción de glomalina, una proteína que actúa como pegamento que aglutina partículas para formar agregados. Además, el micelio, la red de filamentos, funciona como un microtaladro capaz de perforar el suelo, aumentar su porosidad, favorecer la infiltración y retención de agua, abrir espacio para nuevas raíces y crear microhábitats para bacterias y hongos de menor tamaño.
La formación de micorrizas es clave para sostener la diversidad de vida que habita en los suelos amazónicos. Por ello, el Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas SINCHI se ha centrado en estudiar, estimar e inventariar la riqueza de este grupo de organismos, siendo Glomus y Acaulospora los más diversos y abundantes de los suelos amazónicos. Gracias a su enorme potencial para sanar la tierra, la microrrizas son aliadas en la biorremedición, la agricultura sostenible y la rehabilitación de suelos degradados. Y, si bien en la Amazonia aún no se han estudiado en profundidad, su presencia ha acompañado por siglos a las comunidades. Gracias a esta simbiosis, cultivos como la yuca prosperan. Allí, hongos invisibles como Rhizophagus manihotis se asocian a sus raíces, asegurando que la planta acceda a los nutrientes necesarios para alimentar a quienes habitan la selva.
Comprender este vínculo nos recuerda que, incluso en lo más profundo del suelo, se tejen relaciones esenciales para la vida. Es en esa red subterránea donde se conectan, movilizan y distribuyen los nutrientes que sostienen a la selva amazónica. Reconocer su existencia es también reconocer la fragilidad y la fuerza de este universo invisible.
Los invitamos a explorar este mundo microscópico de conexiones inesperadas en: https://www.sinchi.org.co/lee-y-aprende