LA NUEVA EXPEDICIÓN BOTÁNICA

Por : Rodrigo Rodríguez

Sus compañeros dicen que Sebastián Pérez tiene la costumbre de escuchar conversaciones ajenas. Creo que no puede evitarlo. Su oído está entrenado para reconocer el canto de las aves entre el ruido del viento y la cháchara. También tiene buena vista: aunque sus binoculares siempre le cuelgan del cuello, puede distinguir con el ojo desnudo y sin problema un manchón con alas que vuela a varios kilómetros por hora o que salta en segundos de la copa de un árbol hacia otra. Parpadeas y te lo pierdes, pero no él.

–¡Ensifera ensifera! –gritó un día. Señaló con su mano un punto en la distancia y aunque nadie alcanzaba a ver nada, él ya lo estaba describiendo: un colibrí de pico más extenso que su cuerpo (su nombre científico significa, literalmente, “cargador de espada”) y plumas verdes de tono opaco, pero brillantes–. ¡Qué hermoso! –dijo con voz suave.

Al igual que muchos biólogos que trabajan con el Humboldt, Sebastián ama su labor como ornitólogo. No parece molestarle pasar todo un día poniendo redes a un costado de las trochas, o levantarse a las cuatro de la mañana para ir al sitio y tener todo listo para hacer el muestreo antes de que salga el sol. Ese primer día de la salida, con su pañoleta que le cubría la cabeza rapada, tomaba colibríes y pequeños pájaros en sus manos para medir sus alas y sus picos, luego anotaba el color de su plumaje, su sexo y cualquier herida visible. Los atrapaba con redes extendidas a lo largo del sendero, que enredaban sus alas y sus plumas. Son redes tan finas que cualquier hoja que cae en ellas se vuelve un dolor de cabeza para sacar...

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